“Transferencia tecnológica”. Un término que se escucha constantemente en la Conferencia sobre el Clima de la ONU en Bali.
Las delegaciones del Sur le dicen al Norte: “No habrá trato sobre el clima hasta que dispongamos de vuestras tecnologías verdes. Si queréis que prestemos atención a las emisiones, nos tenéis que dar los medios”.
Mientras tanto, los exportadores de conocimientos y tecnologías del Norte –normalmente, de tecnologías obsoletas como la energía nuclear y el carbón “limpio”, o de tecnologías peligrosas como la ingeniería genética– se frotan las manos a la espera de nuevos mercados.
El Banco Mundial también se frota las manos pensando en los poderes que probablemente acumulará con el proceso. Incluso muchas ONG de pueblos indígenas se han apuntado al carro, y repiten diligentemente esta nueva versión del viejo cuento de que la solución a los males del mundo está en la ingenuidad y las máquinas del Norte, que se aplicarán mediante el esfuerzo bienintencionado del Norte y del Sur. En Bali, la cantinela de la “transferencia tecnológica” se está repitiendo de forma tan poco crítica como la palabra “desarrollo” en, digamos, 1962.
¿Pero a qué intereses sirve realmente este coro que aboga por una mayor “transferencia tecnológica” Norte-Sur?
En un primer momento, parecería que esta defensa de la “transferencia tecnológica” es el reflejo legítimo de una resistencia a la forma en que el Norte ha saqueado los mejores recursos, tecnologías e innovaciones del Sur para desarrollar sus propios productos, mientras se ampara en los “derechos de propiedad intelectual” para negarse a dar nada a cambio.
Por desgracia, el término también esconde un componente significativo de las políticas del poder neocolonialista.
El concepto de “transferencia tecnológica” Norte-Sur, por ejemplo, se suele usar de forma en que se oculta la necesidad de que se transfieran conocimientos del Sur al Norte. Al presentar falsamente al Norte como el héroe de la tecnología, se esconden las aportaciones, actuales e históricas, de los campesinos y los pueblos indígenas precisamente en esos campos que son vitales para la “mitigación” y “adaptación” del cambio climático, y que irían desde la agricultura baja en emisiones a la medicina, pasando por las incontables técnicas para vivir con menos, algo que las sociedades hiperconsumistas del Norte deberían aprender o recordar.
Y lo que es aún más importante: el término “transferencia tecnológica” tal como se usa en Bali oculta las relaciones de poder desiguales que están en la raíz del problema del calentamiento global.
Implica de hecho un dualismo ficticio: las tecnologías de una zona “rica en tecnología” se implantan de forma benévola y sin complicaciones en agradecidas zonas “pobres en tecnología” por parte de gobiernos con buenas intenciones. La realidad es otra. La tecnología del Norte para construir represas hidroeléctricas arremete contra sistemas de irrigación que han proporcionado medios de vida a cientos de generaciones de campesinos, y además nunca funciona como se prometió. Las tecnologías de cultivo al estilo de la revolución verde han destrozado un gran número de prácticas agrícolas respetuosas con el clima. Las comunidades del Sur se han convertido en cobayas involuntarias para experimentar con fármacos y organismos transgénicos.
El “compartir la tecnología”, en cambio, que ha sido lo habitual cuando las sociedades que se encuentran y comercian entre sí han estado en igualdad de condiciones, ha dado paso a una política del espejismo en que las grandes empresas tienen tanto poder que ya no piensan que tengan nada que aprender de las sociedades a las que se vanaglorian de estar “beneficiando”.
“Transferencia tecnológica”. En apariencia, un término inocente. Pero refleja una ignorancia que podría resultar catastrófica para las iniciativas globales para abordar con eficacia el cambio climático.